Microfiction
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La leyenda del caido

Este microrrelato lo he intentado una y mil veces y al final no resulta todo lo que espero. En esta ocasión, entrego una reversión de algo que empezó hace más de 15 años.

Photo by Dan Russo

Photo by Dan Russo

Se cuenta como un poema, viajando de boca en boca, profundamente atado al éter, vigilando a los hombres desde el principio de su historia. Las palabras han cambiado con los años; sus ecos han perdido fuerza en el pensamiento colectivo, pero su esencia sigue ahí: vigilante, expectante, inmutable.

Hace muchos años, un erudito buscó descifrar ese pensamiento desde la nube de ideas que flota entre los individuos a los que toca; incapaces de percibirlo, impotentes ante su fuerza, pero incansables en su lucha. Fue así como el texto llegó a Alejandría, oculto entre los tomos que componen el conocimiento recolectado por quienes buscan llevar luz, por quienes rara vez son escuchados sino hasta que resulta demasiado tarde.

El texto original, de autor desconocido, sirve como continuación del poema de la creación, del cual también se perdió el original. Yo tampoco recuerdo del todo aquellos versos, aunque estoy seguro de que entre sus párrafos recita:

…Sus pasos calaban sobre la tierra y sobre su cuerpo; sus ojos eran ciegos ante la desventura venidera. Desconocían la hambruna y la enfermedad, el dolor y el cansancio. Ignorantes también sus huestes, buscaban afrontar cada día con la promesa de articular los medios para su supervivencia. No tenían idea de cuán malditos estaban.

Desde el inicio les fue entregado todo cuanto don existió; fue por la gracia plena que bañaba sus cuerpos y cubría toda necesidad. Ahora sus cuerpos se llenaban de callos, ampollas y úlceras, incapaces de hacer frente a su sola existencia, presas del destino que sus padres habían labrado para sí: un tormento que habrían de cargar en la carne.

Aquella suerte no fue obra del mundo, sino de su primer morador; quien ha portado incontables nombres, a quien el verbo nombró en honor de la luz, el mismo que ahora ya solo es oscuridad. Y esa misma oscuridad es la que infecta a los hijos de Adán. Es por ello que enferman, es por eso que sufren: todo a causa de aquel ángel caído.

Fue hasta que sus súplicas llegaron al Creador que la luz regresó de pronto a la tierra, desterrando entonces al caído, quien cayó una vez más, en lo profundo de un abismo del que no saldría jamás. No obstante, su hedor seguía persiguiendo a los hombres, y esa misma podredumbre fue la que finalmente apagó, por primera vez, la luz de Miguel.

Así, desde entonces, uno tras otro habrían de responder sus hermanos al llamado, dispuestos a compartir con los hombres el manto que desde hace tiempo les había sido negado y que, desde hacía tanto, su ser urgía. Llegaron con los dones que en un principio se concedieron a los padres del hombre, buscando limpiar de la tierra las sombras.

Se cuenta que entonces también el caído pidió auxilio de los suyos: cofrades que llevarían la marca del maldito en el pecho, en sus actos y en sus dotes. Habrían entonces de acabar con los hombres para reclamar el mundo que les fue heredado en un principio, reclamando la vida como suya y esparciendo la oscuridad que los alimenta.

Dispuestos a marchitarlo todo… hasta la llegada del caído.

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